El Principito, un relato inmortal



Hay obras literarias que marcan un antes y un después en la vida de las personas. Obras que poseen un mensaje tan poderoso y universal que no requieren de grandes pretensiones para volverse inolvidables. Obras que dejan su huella en la historia del hombre y de la literatura, como jugando, y de las que incluso muchos años después de su aparición, la humanidad continúa hablando y descubriendo en ellas nuevas lecturas, nuevas formas de ver el mundo.
Sólo algunas de dichas obras logran calar tan hondo en el alma de los lectores. Una de ellas es, por supuesto,El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry.
El escritor y aviador francés que naciera en Lyon, un 29 de junio de 1900, probablemente nunca imaginó que su breve relato sobre un niño misterioso, encontrado en medio del desierto por un piloto varado, se convertiría alguna vez en el segundo libro más leído del mundo, superado sólo por La Biblia. Y es que resulta difícil no sorprenderse ante la sencillez pero, al mismo tiempo, complejidad, con que los diversos temas que aborda El Principito son presentados sobre el papel.
Pareciera quizás un libro demasiado simple e infantil; pero resulta, sin duda, una caja de sorpresas, una inspiración para niños y adultos, una invitación a pensar en las emociones y sentimientos que nos hacen únicos, que nos permiten encontrarnos con nosotros mismos.
El 31 de julio de 1944, Antoine de Saint-Exupéry desaparecería misteriosamente de la faz de la tierra: su avión fue derribado y, sin embargo, su cuerpo nunca se encontró. Muchos dicen que le pasó lo mismo que al protagonista de su inmortal obra. Cómo saberlo, cuando quizás el misterio más grande que el autor se llevó consigo sea otro: el de un relato corto sobre un niño que tenía tres volcanes y una rosa. Un misterio que mientras más se luche por descifrar en cada nueva lectura, lo más probable es que se termine disfrutando.

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